Suegra

La vida entera de una persona puede cambiar con un simple llamado telefónico. La nuestra cambió muchas veces. Y la semana pasada volvió a cambiar.

El teléfono sonó, y atendió mi esposo. De pronto, se desplomó sobre una silla y empezó a palidecer. Su voz se tornó más pausada. En ese momento, me di cuenta de que algo había ocurrido.

Mi suegra hacía un tiempo que no se sentía bien y fue al médico, quien decidió hacerle una serie de estudios; días más tarde, él le pidió que fuera lo más pronto posible al hospital. Y entonces, de repente, nuestras vidas cambiaron, ya que a la mujer que había dado a luz a mi esposo, la abuela de mis hijos, la matriarca y pilar de nuestra familia, le habían diagnosticado leucemia. De la noche a la mañana, mi suegra que nunca había necesitado ninguna medicación, ni siquiera una aspirina, tuvo que someterse a quimioterapia.

Recuerdo el día en que la conocí. No bien entré, me dio la bienvenida a su hogar y a su corazón con su sonrisa, su luminosidad y su belleza. Nunca voy a olvidar el día que me senté junto a ella para aprender a cocinar kippes, las tradicionales albóndigas sirias de carne que comíamos cada viernes a la noche y en cada cena festiva. A ella siempre le salían perfectas, todas del mismo tamaño y forma. Las mías era una mezcla de círculos y óvalos, algunas más largas y otras más cortas. Sin embargo, ella se las mostraba orgullosa a todos. “¡Miren, Elena hizo kippes!”.

Solía invitarnos a cenas tradicionales en las que muy afanosamente había preparado seis platos principales, no obstante, con mucho amor probaba mis bastones de tofu fritos o mis budines. Todo lo que yo hacía, por más pequeño que fuera, era el centro de su atención. Cuando mi suegro estaba enfermo, yo le sugería que cocinara sopa de pollo; ella la preparaba rápidamente y cuando se la servía le decía: “¡Elena te preparó esta sopa, ves como siempre piensa en vos!”. Sin importar qué fuera lo que hiciera, ella siempre me elogiaba. Estos son solo algunos ejemplos del espíritu que tiene mi suegra.

Al principio, me costó mucho llegar a entenderla. Yo era joven, ingenua e inmadura, y ella me parecía una extraña. Todos sabemos cómo son las relaciones entre suegras y nueras. Si hay muchas llamadas telefónicas, en seguida sentimos que es una invasión a nuestra privacidad; pero si no nos llama lo suficiente, pensamos que no le importamos. O siempre están diciéndote qué hacer, o no se interesan lo suficiente. Varias veces discutimos por cosas insignificantes, y yo siempre creía tener la razón. Luego, con el correr de los años, cuando me convertí en madre, empecé a apreciarla más y más. Sus dichos, que antes me parecían necios, se convirtieron en palabras sabias. Y en más de una oportunidad, me encontré citándola. Compartíamos recetas y nos contábamos los hermosos relatos de la Torá que aprendíamos en las clases a las que asistíamos.

Ya no discuto más cuando les da dulces a mis hijos, ya que aprendí en los últimos años que el amor que les proporciona en esas golosinas es más saludable y más importante para el crecimiento de ellos que todas las frutas y verduras del mundo. Es cierto que cada una tiene su forma de ser, pero ambas respetamos la forma de ser de la otra, y nos adoramos. ¿Qué más puedo pedir? Hace un par de meses atrás le dije: “Ya no voy a llamarte más suegra, sino mamá”. Y yo sé que no soy más su nuera, sino su hija.

Y entonces, el teléfono sonó y recibimos esa noticia que cambió nuestras vidas.

Nuestros sabios nos enseñan “(...) Arrepiéntete aunque sea un día antes de tu muerte”. (Ética de nuestros padres; 2: 15). ¿Acaso sabemos cuándo vamos a morir? En cambio, nuestros sabios explican que uno siempre debe suponer que hoy será el último día, y por ende, no hay que posponer nada para más adelante.

Yo me pregunto: ¿Y si los sabios no se referían específicamente al día de nuestra propia muerte sino al de nuestros seres queridos? ¿O al último día de un amigo o de un pariente? ¿Les hemos dicho cuánto los amamos? ¿Los hemos perdonado por aquellas peleas insignificantes? ¿Les hemos pedido perdón por aquellas palabras dichas sin pensar, por las acciones que cometimos? ¿Hablamos con ellos lo suficiente? ¿Los escuchamos lo suficiente?

Si la respuesta es no, debemos tener presente que es fundamental vivir como si fuera el último de nuestros días ‒o del de ellos‒ y disfrutar con ellos, aprender de ellos y estar juntos.

En Kohelet Rabbah (9: 8), hay una descripción muy hermosa de la esposa de un marinero que todos los días se vestía con sus más finas ropas. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, ella contestó: “Mi esposo es marinero. Puede que un viento fuerte lo traiga al puerto en cualquier momento, y me avergonzaría mucho si él me encontrase desarreglada y poco atractiva”.

Debemos vivir nuestras vidas como la esposa del marinero, sin desperdiciar ni un solo momento, siempre listas y atractivas para nuestros seres queridos.

Ahora, estoy pegada al teléfono. Cada vez que suena, estoy lista para atenderlo al instante. Llamamos a mi suegra todo el tiempo, día y noche. El solo hecho de escuchar su voz, fuerte y positiva, tan llena de esperanza y de amor, nos da fuerzas y nos transmite esperanzas. Una y otra vez le repito; “Te amo, mamá”. “Que Di‑s te bendiga con una pronta y completa recuperación”.

Refua Sheleimah, Frida bat Rivka.

POR ELANA MIZRAHI

Nacida en el Norte de California y graduada en La Universidad de Stanford, Elana Mizrahi hoy vive en Jerusalem con su esposo e hijos. Ella también prepara a novias para el casamiento y es escritora.

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